Una de las excursiones más recomendadas desde Casa de Marcelo
Si hay una ruta que recomendamos una y otra vez a quienes se alojan en Casa de Marcelo, es esta.
En una sola jornada descubrirás ciudades históricas, monasterios centenarios, pueblos marineros, playas, paseos junto al mar y algunos de los paisajes más representativos de las Rías Baixas.
Pero lo mejor de esta excursión no son únicamente los lugares que visitarás.
También lo son los pequeños momentos que surgen entre una parada y otra: un café junto a una cascada, un paseo por un mercado tradicional, una terraza frente al mar o una conversación que se alarga mientras disfrutas de una buena mariscada acompañada de un vino Albariño.
Ese es el espíritu con el que hemos diseñado esta ruta.
No pretende que corras de un sitio a otro ni que marques lugares en un mapa.
Pretende ayudarte a descubrir las Rías Baixas como nosotros llevamos años recomendándolas a nuestros huéspedes.
Porque muchas veces los mejores recuerdos del viaje aparecen precisamente donde no estaban previstos.
Esta ruta es ideal para…
- Quienes disfrutan descubriendo pueblos con encanto.
- Amantes del mar y de la buena gastronomía.
- Parejas y familias que buscan una excursión tranquila.
- Viajeros que prefieren disfrutar del camino sin prisas.
Después de un buen desayuno en Casa de Marcelo
Después de un desayuno tranquilo, llega el momento de ponerse en marcha.
Tomamos la antigua carretera N-550 en dirección a Pontevedra. Podríamos ir por la autopista y llegar antes, pero hoy el tiempo no es lo importante.
La carretera atraviesa pequeñas aldeas, zonas de cultivo y bosques que poco a poco anuncian la cercanía de las Rías Baixas.
Nuestro consejo es muy sencillo: conduce sin prisa.
Todavía quedan muchas cosas por descubrir.
Apenas media hora después llegamos a la primera parada.
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Ría Barosa, una pequeña sorpresa en el camino

Poco después de pasar Caldas de Reis, un pequeño desvío nos conduce hasta uno de esos lugares que sorprenden a casi todos los viajeros.
Ría Barosa no suele aparecer entre las grandes visitas de Galicia y, precisamente por eso, conserva gran parte de su encanto.
La fuerza del agua mueve todavía los antiguos molinos de piedra mientras la cascada cae de forma constante entre la vegetación.
El sonido del río acompaña todo el recorrido.
No hace falta dedicarle mucho tiempo.
Basta con caminar unos minutos junto al agua, contemplar el conjunto de molinos, hacer algunas fotografías y acercarse al antiguo molino, hoy convertido en cafetería y restaurante.
Si el día acompaña, merece la pena tomar un café escuchando únicamente el rumor de la cascada.
Es una forma magnífica de comenzar la jornada.
Volvemos a la carretera.
Pontevedra ya está muy cerca.
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Pontevedra, una ciudad para descubrir caminando
Nuestra recomendación es aparcar en el estacionamiento subterráneo situado bajo el Mercado de Abastos.
Es un lugar cómodo para dejar el coche y, además, nos permite comenzar la visita de la mejor manera posible.
Antes de salir a la calle merece la pena entrar en el mercado.
Pescados recién llegados de la lonja, mariscos, quesos, frutas, verduras y pequeños puestos tradicionales muestran una Galicia auténtica, la que forma parte del día a día de sus vecinos.
Al subir a la superficie ya nos encontramos en pleno corazón del casco histórico.
Y aquí llega el mejor consejo que podemos darte.
Olvídate del mapa.
Pontevedra no necesita un recorrido marcado.
Es una ciudad pensada para caminar despacio.
Las plazas aparecen casi sin darte cuenta. Unos soportales conducen a una calle estrecha; esa calle desemboca en otra plaza llena de terrazas y, unos pasos más allá, descubres un rincón completamente distinto.
La Praza da Leña, la Praza da Ferrería, la Plaza de la Verdura, la iglesia de la Peregrina, la Basílica de Santa María y las ruinas de Santo Domingo son algunas de las visitas imprescindibles.
Pero quizá lo mejor de Pontevedra no aparezca en ninguna guía.
Levanta la vista mientras paseas.
Escudos de piedra, balcones llenos de flores, fachadas centenarias y pequeños detalles aparecen prácticamente en cada esquina.
Si te gusta la fotografía, aquí tendrás trabajo.
Y cuando sientas que ya has recorrido la ciudad…
Será el momento de volver al coche.
El mar vuelve a aparecer en nuestro camino.
Y con él comienza una de las partes más bonitas de toda la excursión.
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Camino hacia la ría
Abandonamos Pontevedra dejando atrás el bullicio de sus plazas y calles peatonales.
En apenas unos minutos el paisaje vuelve a cambiar. La ciudad da paso al mar y la carretera comienza a regalarnos las primeras vistas de la ría de Pontevedra.
Nuestra siguiente parada es el Monasterio de Poio.
Merece la pena entrar con calma y recorrer su interior, donde todavía se respira la tranquilidad de siglos pasados. Antes de marcharte, acércate a la parte posterior del monasterio. Allí se encuentra su impresionante hórreo, considerado uno de los más grandes de Galicia, y un magnífico balcón natural desde el que contemplar la ría.
Es una parada breve, pero suficiente para entender que, a partir de aquí, el mar será nuestro compañero de viaje.
Volvemos al coche.
La carretera asciende poco a poco entre bosques y pequeñas aldeas hasta alcanzar Armenteira.
El cambio de paisaje vuelve a sorprender.
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Armenteira, un remanso de paz entre los bosques
Hay lugares que no impresionan por su tamaño, sino por la calma que transmiten.
Armenteira es uno de ellos.
El monasterio cisterciense aparece rodeado de árboles, silencio y aire fresco. Todo invita a caminar despacio y a disfrutar del entorno.
Quizá sea uno de los lugares más tranquilos de toda la ruta.
Si el tiempo lo permite, pasea unos minutos por los alrededores antes de regresar al coche.
Porque lo mejor todavía está por llegar.
La carretera comienza ahora a descender hacia el mar.
Y, curva tras curva, aparece uno de los pueblos más fotografiados de toda Galicia.
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Combarro, donde la piedra se encuentra con el mar

A medida que descendemos, la ría vuelve a aparecer frente a nosotros.
Y, casi sin darnos cuenta, llegamos a Combarro.
Pocas imágenes representan mejor la esencia de las Rías Baixas.
Los hórreos parecen asomarse al agua, las casas de piedra conservan el sabor de otra época y las estrechas calles invitan a olvidarse del reloj.
Aquí no hay prisa.
Camina despacio.
Piérdete entre sus callejuelas, descubre sus pequeñas plazas, acércate a los antiguos muelles desde donde todavía hoy se respira el ambiente marinero y no olvides llevar la cámara preparada. En Combarro casi cada rincón merece una fotografía.
Nuestro consejo es que no te des la vuelta demasiado pronto.
Camina hasta el final del pueblo. Cuando parece que ya lo has visto todo, aparecen los rincones más tranquilos y alguna terraza escondida bajo una parra, prácticamente a pie de mar, donde merece la pena detenerse unos minutos para disfrutar del paisaje.
Porque Combarro no solo se visita.
Se vive.
Y cuando vuelvas al coche comprobarás que la carretera continúa siempre junto al mar.
Todavía quedan muchos paisajes por descubrir.
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Sanxenxo y Portonovo, la cara más animada de las Rías Baixas
Seguimos bordeando la ría mientras el paisaje cambia una vez más.
Las pequeñas aldeas dejan paso a playas, puertos deportivos y largos paseos marítimos.
Sanxenxo y Portonovo representan el lado más dinámico de las Rías Baixas, especialmente durante los meses de verano, cuando sus terrazas, playas y puerto deportivo se llenan de vida.
No es necesario detenerse demasiado tiempo.
Basta con recorrer el paseo marítimo, contemplar el ambiente y continuar el viaje.
Mientras avanzamos, la ría permanece siempre a nuestra izquierda, acompañándonos durante buena parte del recorrido.
Porque el verdadero protagonista de la jornada nos espera un poco más adelante.
Llegamos a O Grove.
Y aquí comienza otro de los grandes momentos de esta excursión.
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O Grove, donde Galicia sabe a mar
A estas horas del día seguramente el apetito ya empieza a hacerse notar.
Y no podría haber un lugar mejor para hacer una pausa.
O Grove vive mirando al mar.
Basta caminar unos minutos por el puerto para entender que aquí el ritmo lo marcan las mareas, las bateas y el ir y venir de los pescadores. Todo gira alrededor del mar, y eso se percibe en el ambiente, en la gastronomía y en la forma de vivir de sus habitantes.
Antes de sentarte a la mesa te recomendamos acercarte al puerto.
Si dispones de tiempo, una pequeña ruta en barco por la ría permite conocer de cerca las bateas donde se cultivan mejillones, ostras y vieiras, además de disfrutar de una perspectiva completamente diferente de este rincón de Galicia.
Después llega el momento de comer.
Si buscas una recomendación, A Lareira do Larexo es una magnífica opción. También encontrarás excelentes restaurantes en las inmediaciones del puerto donde degustar pescados y mariscos recién llegados de la lonja, acompañados, cómo no, por un buen Albariño.
Aquí la gastronomía forma parte del propio viaje.
Y O Grove también conserva algunas de sus leyendas.
Los viejos marineros contaban que, en determinadas noches de niebla, extrañas luces aparecían sobre la ría confundiendo a las embarcaciones que regresaban a puerto. Historias transmitidas de generación en generación que todavía hoy forman parte de la memoria popular de la villa.
Sea verdad o no, son relatos que ayudan a comprender la profunda relación que siempre ha existido entre sus habitantes y el mar.
Después de una buena comida, apetece caminar.
Y no hay mejor lugar para hacerlo que la isla de A Toxa, situada a escasos minutos.
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La isla de A Toxa, una pausa junto al mar
Un pequeño puente nos conduce hasta este rincón que durante más de un siglo ha estado ligado al descanso, a las aguas mineromedicinales y al bienestar.
Nada más llegar descubrirás que aquí el ambiente cambia por completo.
Todo invita a pasear sin prisa.
La pequeña iglesia de San Caralampio, completamente revestida de conchas, es probablemente el lugar más fotografiado de la isla, aunque A Toxa ofrece mucho más que una simple fotografía.
Sus jardines, el paseo junto al mar, el histórico Gran Hotel La Toja y la tranquilidad que se respira hacen que muchos viajeros decidan quedarse un poco más de lo previsto.
Quizá sea el momento perfecto para tomar un café, sentarte frente al agua o simplemente disfrutar del silencio antes de continuar la ruta.
Porque todavía queda mucha costa por descubrir.
Al abandonar A Toxa dejamos poco a poco la ría atrás.
El Atlántico empieza ahora a mostrar su lado más salvaje.
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San Vicente do Mar, donde el Atlántico muestra toda su fuerza
Muy cerca de aquí nos espera uno de esos lugares que muchos viajeros no tenían previsto visitar y que, sin embargo, termina convirtiéndose en uno de los mejores recuerdos del día.
Las pasarelas de San Vicente do Mar recorren una costa de formas caprichosas, donde el viento, el mar y el granito han ido esculpiendo el paisaje durante miles de años.
A un lado aparecen pequeñas calas de arena blanca y aguas cristalinas.
Al otro, el Atlántico rompe con fuerza contra las rocas mientras el horizonte parece no tener fin.
Aquí la ría ha quedado atrás y el océano se convierte en el auténtico protagonista.
Si visitas Galicia durante el verano, quizá te apetezca darte un baño en alguna de estas pequeñas playas escondidas.
Y si vienes en otra época del año, descubrirás un paseo tranquilo donde el sonido del mar acompaña cada paso.
Lleva calzado cómodo.
Es un recorrido sencillo, pero te sorprenderás deteniéndote una y otra vez para contemplar el paisaje, hacer fotografías o simplemente sentarte unos minutos a escuchar las olas.
Es uno de esos lugares donde no hace falta hacer nada.
Solo mirar.
Solo respirar.
Solo disfrutar.
Cuando regreses al coche comprobarás que todavía queda una de las villas con más encanto de las Rías Baixas.
Ponemos rumbo a Cambados.
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Cambados, la capital del Albariño
La carretera vuelve a acercarnos poco a poco a la ría.
A ambos lados comienzan a aparecer viñedos perfectamente alineados que anuncian la llegada a la tierra del Albariño.
Cambados posee una elegancia diferente.
Sus plazas, sus calles empedradas, los pazos y las casas señoriales conservan el encanto de una villa con una profunda tradición vitivinícola.
Te recomendamos pasear sin rumbo por su casco histórico.
Acércate a la Praza de Fefiñáns, uno de los lugares más emblemáticos de la villa, visita la iglesia de San Benito y disfruta del ambiente tranquilo que se respira en cada rincón.
Si te gusta el mundo del vino, este es un magnífico lugar para visitar alguna de sus bodegas.
Muchas organizan visitas guiadas donde podrás conocer el proceso de elaboración del Albariño, recorrer los viñedos y finalizar con una degustación acompañada de productos típicos de la zona.
Incluso aunque no seas un gran aficionado al vino, la experiencia merece la pena.
Porque aquí el Albariño no es solo un vino.
Forma parte de la historia, de la economía y de la identidad de toda una comarca.
La tarde comienza a avanzar.
Pero antes de regresar todavía podemos hacer una última escapada.
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La isla de Arousa, un pequeño desvío que nunca decepciona
Aunque requiere desviarse unos minutos del recorrido principal, la isla de Arousa siempre recompensa la visita.
El largo puente que la une al continente ofrece ya unas magníficas vistas sobre la ría.
Una vez al otro lado, todo cambia.
Pequeñas carreteras, playas tranquilas, embarcaderos, pinares y paseos junto al mar crean una atmósfera muy diferente al resto de la jornada.
Si dispones de tiempo, merece la pena acercarse al Parque Natural de Carreirón, uno de los espacios naturales mejor conservados de la isla.
Y si simplemente prefieres descansar, cualquier playa puede convertirse en el lugar perfecto para hacer una pequeña pausa antes de emprender el regreso.
No es una parada imprescindible.
Pero quienes deciden incluirla en la ruta rara vez se arrepienten.
Volvemos de nuevo hacia tierra firme.
El sol comienza a descender lentamente.
Y todavía nos queda una última parada.
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Carril, el broche perfecto para terminar el día
Nos gusta terminar esta excursión en Carril.
Quizá porque después de un día lleno de lugares por descubrir, aquí todo vuelve a hacerse tranquilo.
El paseo marítimo que une Vilagarcía de Arousa con Carril invita a caminar despacio mientras las bateas descansan sobre la ría y la luz del atardecer comienza a reflejarse sobre el agua.
Es uno de esos momentos en los que el reloj deja de tener importancia.
Si todavía tienes ganas de seguir disfrutando del día, este es un magnífico lugar para sentarte en una terraza, tomar un helado o cenar frente al mar antes de regresar a Casa de Marcelo.
Los amantes de la gastronomía encontrarán además aquí uno de los productos más apreciados de Galicia: las famosas almejas de Carril, conocidas por su extraordinaria calidad.
No hay mejor forma de terminar la jornada.
Una buena cena.
Una copa de vino.
Y la tranquilidad de contemplar cómo el puerto recupera poco a poco el silencio.
Después solo queda emprender el camino de vuelta.
En apenas unos minutos regresarás a Casa de Marcelo.
Probablemente cansado.
Pero también con la agradable sensación de haber descubierto algunos de los rincones más bellos de las Rías Baixas.
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Nuestro consejo
No intentes verlo todo.
Galicia no se disfruta corriendo de un lugar a otro.
Se descubre despacio.
Deteniéndose cuando un paisaje llama tu atención.
Alargando una comida porque la conversación lo merece.
Tomando un café frente al mar sin mirar el reloj.
Cada viajero termina recordando un lugar diferente.
Algunos vuelven hablando de Pontevedra y sus plazas.
Otros recuerdan la tranquilidad de Armenteira.
Muchos nos comentan que Combarro era incluso más bonito de lo que imaginaban.
Y no son pocos los que se sorprenden con las pasarelas de San Vicente do Mar o con la puesta de sol en Carril.
Eso es precisamente lo bonito de esta ruta.
No existe una única forma de vivirla.
Existe la tuya.
Esperamos que, cuando regreses a Casa de Marcelo al final del día, entiendas por qué esta sigue siendo una de las excursiones que más nos gusta recomendar a nuestros huéspedes.
Y quién sabe…
Quizá mañana sea un buen día para descubrir otra ruta.
Galicia todavía guarda muchos lugares capaces de sorprenderte.
